Capítulo 2. La Niña Preciloca.

10:27





Mientras los invitados me saludaban diciéndome lo preciloca que estaba, pude ver la mesa de los dulces con frascos de cristal rellenos de gominolas de colores algodonados, copas de bebidas rosas donde flotaban flores de caramelo, galletas decoradas con caras de animales, expositores de cupcakes con bocadillos de cómic que decían chistes baratillos. 


Agarré una piruleta de chocolate blanco con mi foto. Era una forma deliciosa de lamerme. Estaba mordisqueando unos cuantos macarons de colores cuando apareció mi amiga Lalina. 


Me dijo que se lo estaba pasando muy bien, sonreía con sus dientes mellados. Llevaba sobre la cabeza un bombín rojo y le colgaban dos trenzas retorcidas, decoradas con pequeños lazos multicolores. Le contesté sacudiendo la cabeza mientras masticaba y lamía a la vez, con la experiencia justa para no morderme la lengua. 


Ella es mi mejor amiga, desde siempre, desde que tengo un uso racional infantil. Compartimos clase y a nuestra seño Marga, a partes iguales, desde el primer día de cole. Su madre se llama Lana, igual que ella, pero para diferenciarlas le solemos decir Lalina. Ambas visten siempre de la misma manera, es como si al mirar a Lana vieras a una niña en su versión de persona mayor.





Mi padre me agarró de los brazos, me elevó y me balanceaba mientras me llevaba hasta la mesa principal. Él parecía un extraño: su cabezota estaba rasurada, llevaba una camisa recién comprada y reflejaba una incrédula cara de lelo. No parece mi papá sino uno de esos que salen por televisión en los perfectos anuncios de Ikea que tanto me gustan. 


Mamá le hizo prometer que intentara no abrir la boca para contar sus inventadas aventuras, que serían el centro de atención de todos, y que si se aburriera durante mi cumpleaños tenía libertad para escaquearse y ponerse a jugar con la consola. 


En la mesa había una gran tarta: una figura de Hello Kitty flotaba encima de un montón de nata rosada y dos velas doradas hacían señales de socorro para llamar mi atención. 

Soplé con fuerza, solté un suspiro lastimero porque, además de algunas babas, notaba que había expulsado algunos de los bichitos buenos que llevan la comida hasta mi tripa o incluso de los que se encargan de hacer acrobacias con las diminutas bolitas de oxigeno para que pueda respirar. 

La llama empezó a temblar como si un gusano me imitara bailando y se apagó. Todos aplaudieron. 







Entre los regalos, el que más me decepcionó fue el de la abuelita Mariló. Cuando me lo entregó, recorrí con la mirada el papel que forraba el objeto, era un pequeño bulto aplanado con esquinas: era un cuaderno tan simple como simplón, con las pastas llenas de rosas y unas rayitas blancas. 

Me lo dio con esa sonrisa que usa cuando intenta mediar con mi madre para que me libre de un castigo y me dijo: «Es un libro y debes llenarlo de vida». 


Aquella frase me extrañó, se trataba de un regalo con obligaciones y era peor que cuando mi amiga Lalina lame todas sus gominolas para no compartir ninguna. Hubiera preferido un billete embarazado que cuando compras algo con él pare unas retoñas monedas o una bolsa extra gigante XXL de gominolas, incluso una muñeca meona de los chini chini, de esas que irradian odio por entre las pestañas.  

La tita Lupe me había regalado una preciosa muñeca de trapo, a la que llamé Trapela. Llevaba un vestido de pétalos y un sombrero hecho de una hoja, era macarrónicamente preciosa. 
  

Papá se dio cuenta de que tenía los ojos en modo revolucionario, siempre dice que es de lo poco que he heredado del abuelo Martín. 

Mis padres me habían advertido que si continuaba haciéndolo me pondrían unas gafas horrorosas, que me movería como un robot y que todo el mundo me conocería como la amiga fea de Lalina.

 A veces, cuando lo hago mucho rato, el verde y blanco de mis ojos se vuelve rojito y mamá tiene que ponerme unas gotas que pican mucho. Es un tic que no puedo controlar. 


El abuelo Martín, antes de irse al cielo en una nave espacial de cartón, para conocer los cuentos de las estrellas, movía los ojos así cuando mentía y yo lo hago cuando me siento incómoda o tengo miedo. 

Creo que mamá siempre ha sabido mi secreto, porque cuando hago algo mal me eleva la barbilla y me mira hasta que mis revolucionarios se activan, y ya está hecha la trampa y la condena. 


Debía deshacerme de aquel cuaderno, no quería más deberes que me alejaran de ver los capítulos de Peppa Pig. Entorné los ojos y pensé tanto que me olvidé por completo que estaba rodeada de pasteles, cupcakes, gominolas y refrescos burbujeantes.   

Realmente estaba madurando, como habría dicho la abuelita Mariló.

 



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20 comentarios

  1. Genial Rukkita!! Siempre me haces reir.

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    1. ¡Esa es la finalidad de este blog, Kristin!

      Primero, teletransportar a los lectores a un regusto de infancia.
      Segundo, hacer reir, con carcajadas bien sonoras.
      Tercero, que alguno me envie una tarta como estimulante para seguir creando jajajaja.

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  2. Jijijijiji yo quiero estar en esa fiestaaaaa, ¡menudo manjar jajajajaja!
    Me encantan los personajes!
    A ver que pasa en el tercero....
    Un besazo!

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    1. ¡En el tercer capítulo se arma la primera trastyrukkia! Jajajaja...

      Ya queda poco pàra leerlo...

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  3. Jajaja. Eres la monda. Me encanta ser tu amiga del alma en versión infantil. Ya veremos en qué pozales me metes
    porque tus travesuras no tienen límite. Besos pringoso.

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    1. ¿Yo? ¿Travesuras? '¿Meter a la buena de Lalina en travesuras! ¡Cómo me conoces! Jajajajaja

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  4. Me tienes enganchado a a las aventuras de la rebolera. Ya he visto que la tita Lupe te hace mejores regalos que yo...Aunque es cierto que siempre me gustaron los cuadernos de espirales y sigo usándolos. Precioso cuento. Te seguiré leyendo en primera fila..

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    1. Rukkia recibió muchos regalos, pero los que van a estar involucrados en la historia son básicamente esos dos... así que no les quitéis ojo... a ninguno....

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  5. Con que seño ¿eh?, pues a ver si a la vuelta de las vacaciones vienes un poquito más formal porque entre Lanita y tú me tenéis a todos los peques revolucionados. Dulces besos.

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    1. ¡Cómo nos conoces, seño Marga!

      La semana que viene empezamos el cole jajajaja, trastyrukkias para todos jajajaja....

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  6. Estupendo. Me gusta la tita Lupe, por lo menos hago regalos rukkichulis, jajajjja

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    1. ¡Esa muñequita es muy, muy... digamos que muy tita Lupe! Pero sí, a parte de ser preciosa es un regalo muy especial. Lástima que no erupte o haga popó, sería muy divertida jajajaajja

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  7. Ja, ja, ja... a ver dónde me cuelas que voy de negro y llevo escoba aunque no sea mala (sí algo bordeja).

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    1. ¡Eh, eh! Que no puedo meter a mis 500.000 amigos en un blog...pero tú si que estás por ahí jajajajaaja.

      Un muackiles, Matisel.

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  8. ¡Que envidia de fiesta! ¡Yo también quiero un cupcake!

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    1. ¡Le atiende la organizadora de fiestas Rukkia! ¿Qué desea? Jajajajaja

      ¡No los pruebes, Leire! Serás como yo, cupcakeadicta jajajaja

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  9. La tita Lupe sabe regalar...
    ¡Estupendo cumple!!!!!

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    1. ¡A ver si vais los demás aprendiendo a hacer regalos rukkichulis! Jajajaja

      (Advertencia: todos los pasteles y las chuches son regalos rukkichulis) jajajaja

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  10. Menuda responsabilidad tienes encima... todo el mundo espera poder entrar en tu fiesta, jajaja.
    Me gusta esa mezcla de lenguaje infantil y reflexiones casi adultas.
    Un beso azucarado.

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    1. ¡Así es Rukkia! Tan adulta para algunas cosas importantes, como saber sintonizar una tele nueva generación y ver a Peppa Pig y tan infantil para divertise jajajajaja...

      Un muackiles, Frida...

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Gracias por transmitirme tu cariño con este comentario...

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